A Paul Ryan se le suele presentar como una especie de ratón de biblioteca más preocupado por cuadrar las cuentas públicas que por su apariencia personal. Pero su atractivo físico no ha pasado inadvertido en los pasillos del Capitolio, donde Ryan desembarcó soltero a mediados de los años 90 y donde aún levanta pasiones con asiduidad.
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